El Regreso, es el relato ganador del Concurso de Relato Corto 2019 escrito por José Manuel Moronta Aranda

El agudo zumbido del despertador me devuelve de manera brusca al mundo real tras yacer unas pocas pero reconfortantes horas mecido en los brazos de Morfeo. Qué bonito es en ocasiones el plano paralelo al que nos transportan nuestras noche de arrullo y calefacción, o aquellas de fina sábana y aire acondicionado cuando el calor aprieta… y que cuesta arriba es, también a veces, lo cotidiano de la vida, la lucha diaria, la esperanza de lo que no llega y que en muchos casos no es sino una presión añadida que nos autoimponemos cuando en realidad no nos hace ninguna falta.

Sería indudablemente más fácil vivir en un feliz sueño profundo alejado de los problemas y las maldades de “lo real”… pero es tan bonito estar despierto, tan excitante vivir, que algunos de esos problemas devienen en superfluos y muchos de los anhelos no son sino quimeras innecesarias.

Dicen en Madrid, en los meses de verano, cada vez es más difícil conciliar el sueño, pero desde nuestra habitación pasamos de ser dos, a ser tres, véase mi mujer, el que suscribe y nuestro nuevo ventilador de techo “ultra silenciosos”, lo cierto es que tener la ventana abierta no ha vuelto a ser necesario y se duerme la mar de bien.

Alargo el pie en un gesto casi instintivo y noto la cálida presencia de mi mujer a mi lado dormida, o quizás tratando de hacerlo, pues una leve y familiar coz suya me advierte de que aquel insistente y repetitivo sonido comienza a ser molesto, si es que acaso no lo ha sido ya…

Corro el peligro de despertar a los niños, y eso sí que podría llegar a resultar molesto de verdad a semejante e intempestiva hora. No en vano, son las tres y cuarto de la madrugada…

Lentamente, me incorporo de la cama y sufro durante unos segundos el clásico desasosiego matutino provocado por un nuevo “madrugón” (¿cuántos van ya…?)

Bostezo, sopor absoluto, pero no queda otra

De repente, coso si de un escalofrío se tratase, una agradable sensación me recorre de arriba a bajo la espina dorsal. Una sensación que, lejos de desaparecer, permanece en mi cuerpo cuando mi mente adormilada es capaz de discernir el verdadero motivo que me ha llevado a levantarme de la cama un diecisiete de agosto a las tres y cuarto de la mañana, con mi mujer y mis hijos de vacaciones… ¡si hasta yo mismo lo estoy!

En poco más de cuatro horas, las calles de mi pueblo volverán a llenarse de gente y de color, de alegría y reencuentros, de risas y fuertes palmadas en la espalda… Se inundarán de dolçaina y tamboril. De “Torico”, en definitiva…

Los recuerdos afloran a mi mente y no puedo evitar un suspiro de añoranza… este año volveré tras varias intentonas fallidas, tras varios, “¿este año vienes al toro o qué…?, seguidos de otros tantos “pues ya vorem, depende de la faena…”

Pero la “faena” no perdona… y otras veces la familia, o aquel viaje que teníamos aparcado, o…, cualquier otro motivo o pretexto.

Siempre hay algo en mi interior que me incita a volver, y sin embargo, al final, los años ha ido pasando de forma inexorable.

Me hablo a mi mismo, “¿qué hago aquí pensando en lo que podría haber sido y no fue cuando hoy, por fin, vuelvo a esa fiesta y a ese lugar que tantísimos buenos recuerdos me traen?”

No hay tiempo que perder; además, probablemente tenga que hacer un receso en el camino para combatir mediante la todopoderosa cafeína el más que probable “bajón” de la mitad del recorrido.

Atravieso el pasillo de puntillas para salir furtivamente de mi propia cas. Es un instinto nuevo de escapista que se desarrolla en la tercera o cuarta década de la vida de hombres y mujeres, y que casualmente coincide con la época en la que se tienen niños pequeños… ¿tendrá algo que ver? Coincidencias…

En el garaje me espera mi viejo Seat, duro y fiable.

Mientras me encamino hacia él, sonrío como cada vez que me dispongo a hacer un viaje de más de trescientos kilómetros con semejante trasto.

Creo que es lo más próximo que he estado en mi vida a un deporte extremo, tan poco dado como soy a la escalada, “puenting” y demás actividades de alto riesgo.

Arranco, mochila de tela como única compañera de viaje, y ese ronroneo más propio de tractor agrícola que de turismo me llevará, apenas tres horas después, a las atestadas calles de mi pueblo, epicentro del mundo taruino durante esos tres calurosos días de agosto, fiesta popular donde las hayas.

Durante el viaje, la radio me acompaña, pero en muchas ocasiones apenas la oigo, embarca  mi mente en recuerdos imborrables de aquellos años en los que los problemas eran la mitad, las ilusiones el doble, y la imaginación infinita.

Años en los que a esas alturas llevábamos ya semanas de preparativos para las fiestas, cosiendo incluso el traje de la peña con nuestras propias manos… ¿os acordáis chicos? ¡Menudo verano pasamos!

Pasan los kilómetros y quizás por la adrenalina del momento ni si quiera he necesitado hacer la más que obligada parada. Sé que debería hacerla pero mi mente quiere llegar cuanto antes, además entre mis escasas pertenencias he tenido el acierto de incluir un café de esos que ahora se venden envasados y que de tanta utilidad resultan para ocasiones como aquella.

Amanece.

Cuando quiero darme cuenta, la antigua fábrica de cemento de Buñol me da los buenos días asomando a mi izquierda, cual gigante de hierro, a los pies del “Portillo”.

Me emociono.

¡Allá vou, Toriles! ¡Allá voy, “Casicas”, Bechinos, Pitufos! ¡Este año si!

Casi como un veinteañero, pongo exultante a todo trapo mi CD favorito para aquel último tramo de carretera.

Cuando atravieso el paso a nivel, síntoma inequívoco de que he llegado a mi pueblo, se me acelera el corazón y rápidamente busco un lugar dónde dejar el coche, lejos del recorrido.

Ya sabemos cómo se las gastan los astados con el turismo de algún despistado, que casi siempre los hay.

Tras dejar unos segundos el coche al ralentí, me bajo y me desperezo cual galgo preparando sus músculos para un nuevo día de caza. Me enfundo la camiseta de la peña, ya sé que es la del año pasado, y me dispongo a bajar a paso ligero a Toriles.

De golpe, en ese preciso instante, un estruendo repentino aunque familiar procedente del cielo me avisa de que ha llegado el momento.

Son las siete de la mañana, es la primera carcasa.

Se me eriza el vello de los brazos, tal vez también por el fresco de la mañana, y un escalofrío de emoción vuelve a recorrer mi cuerpo, el mismo que lo hubieses hecho sólo cuatro horas atrás, a más de trescientos kilómetros de allí, a los pies de mi cama.

Al fin estoy en mi pueblo.

Al fin estoy en mis fiestas.

 

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