Sabemos que desde los orígenes de la humanidad, el toro ha sido considerado mágico, sagrado. Al toro se le relaciona con el poder genésico del macho y con la fertilidad de la hembra, por eso se constanta desde época preromana en la Península ibérica su culto y la existencia de diversos ritos y prácticas religiosas en las que este animal es el principal agente de fecundidad.
Uno de estos ritos, muy extendido y de una larguísima tradición diferentes regiones de nuestro país, es el Toro de Cuerda, modalidad taurina muy extendida en toda España, desde el País Vasco hasta Andalucía. Una fiesta que ha perdurado tenazmente, pasando a ser muchas veces una práctica lúdica, un juego con diferentes variantes según zonas de nuestra geografía.
Como señala el antropólogo Francisco J. Flores Arroyuelo, la caza del toro, al cual se enmaromaba por las astas para conducirlo a los corrales del caserío o del pueblo, se convirtió pronto en una especie de entretenimiento y juego de alto significado. Dado el carácter simbólico del animal, portador de connotaciones y creencias de significaciones profundas en cuanto a su valor generativo, este peligroso ejercicio de conducir al astado y entrar en contacto con él suponía un rito de paso, un acto trascendente y de gran valor. Arriesgaban su vida por una creencia mágica que les impulsaba a quedar impregnados de sus virtudes generadoras y además este acto les daba la oportunidad de demostrar su valentía ante todo el pueblo y sobre todo ante la moza a la que se le ofrecía, en gran parte de las ocasiones.
Así, en determinadas regiones la costumbre del toro ensogado la encontramos ligada a ciertos ritos matrimoniales, dando paso al ritual del Toro nupcial, que, aunque diferente, tiene mucho que ver con nuestro Torico (rito de fecundidad y de cortejo también) y que se mantuvo ininterrumpidamente al menos desde la mitad del siglo XIII hasta el final del siglo XIX, en diferentes regiones rurales y montañosas de la Península Ibérica.
Un benemérito folklorista español, Publio Hurtado, recogió en un volumen toda una serie de supersticiones de la región de Extremadura, entre ellas la costumbre de comenzar las ceremonias nupciales dos días antes de la boda, entonces se hacía intervenir un toro. Se buscaba en ellas el contacto con éste animal, con su poder fecundante, así se escogía un astado, famoso por su bravura que era conducido por el novio y sus amigos, con una fuerte maroma atada a los cuernos, a casa de la prometida, tras recorrer todo el pueblo.
El novio y sus amigos lo que hacen es poner en contacto sus vestidos con el animal genésico, lanzándoles capotazos con sus camisas, contacto destinado a transmitir mágicamente la virtud del toro, se escoge un toro particularmente bravo, porque la bravura es, ante todo, el exponente del hipergenitalismo; además se le lanzan pequeñas armas arrojadizas para aumentar su agresividad, para enfurecerlo, pues el derramamiento de la sangre del Tótem, tiene también un significado igualmente mágico (esta ceremonia, más violenta, lo distingue, claramente, de nuestro Torico).
La novia adornará las banderillas que el futuro novio debe clavar al toro enfrente de su casa, con el fin de que ella también entre en contacto con el animal que posee los máximos atributos de la fecundidad. Cuando acabe la fiesta nupcial el toro será nuevamente conducido al campo. Al contrario de las corridas caballerescas, aquí sólo se emplea un astado, por eso a estas fiestas populares se les llamará “Toros a vida”, un ceremonial en el que lo fundamental será correr al toro con las capas y obligarle a derramar algo de sangre lustral mediante diversos procedimientos.
Así pues, se le hacia sangrar de diferentes maneras, sin llegar a su sacrificio, pues el toro no es un adversario para el hombre, sino el instrumento de juego útil para lograr los fines rituales. No se lucha con él, no se acaba con su vida; sólo cuando deje de ser sagrado, comenzará a aparecer su sacrificio.
Según el catedrático Ángel Alvarez de Miranda, éstas corridas nupciales, de claro significado sexual y cuya finalidad, en principio, no es la muerte del animal, se dieron en gran parte de nuestro país y serán el origen también de las modernas corridas de toros. Tanto Álvarez de Miranda como otro escritor, Francisco López Izquierdo, entre otros, coinciden en que “esta costumbre rural de la corrida no es una imitación pueblerina y retardada de las modernas corridas de toros, sino, al contrario, anterior y más antigua que las corridas modernas”. Así lo prueba un documento literario y pictórico del siglo XIII, el códice el Monasterio de El Escorial T-J- I, conocido como el más interesantes monumento de las famosas Cantigas de Santa María, del rey Alfonso X el Sabio (1221-1284). Aquí aparecerá reflejado el toro nupcial, mucho antes de su transformación caballeresca posterior que dio origen al toreo moderno, al lance donde el toro ya no es sagrado, donde se transforma el rito en lucha, donde la corrida ya no es un juego con el animal, sino que la finalidad será su muerte en manos de los caballeros; al toreo llamado “de muerte”.
El arte también nos ha dejado otros testimonios de éstos toros de cuerda característicos de ceremonias nupciales, como por ejemplo una famosa pintura en el techo del claustro de Silos o la comedia famosa de Lope de Vega “Peribáñez y el comendador de Ocaña”, donde con motivo de la boda de Casilda y Perbáñez, los mozos del pueblo traen un toro ensogado por las calles del pueblo hasta la casa de los recién casados.

Poema Duque de Rivas, Obras Completas, Siglo XIX.

Avanza ya la noche a paso lento,
entre celajes al cenit la luna,
pero aún no es el concurso numeroso,
ni aún reinan confusión y baraúnda;

pues va a salir enmaromado un toro,
y la gente juiciosa, y la machucha,
y las damas no quieren un tropiezo
con quien no acata canas ni hermosura.

Sólo la gente joven y los guapos
con algazara por las calles cruzan,
mientras que los balcones y las rejas
las mujeres, solícitas, ocupan.

Que el feroz animal ya sale avisan
gritos, carreras, luminarias, bulla
y muchos, que en las calles y las plazas
de valientes la echaban, se atribulan.

Y algún portal, o pilarón, o verja
para esconderse demudados buscan;
que es una cosa esperar al toro,
y otra quedarse cuando asoma y bufa.

Con una luenga soga, en que se ensartan
chulos, pillos, borrachos y granujas,
y al animal por el testud sujeta
para impedirles que se ponga en fuga,

un guadianeño buey, enorme, blanco,
de inmensa y reforzada cornadura,
correr, atropella, embiste, retrocede,
retemblando la tierra a sus pezuñas.

Unos huyendo súbense a las rejas,
mas las damas de adentro, si son chuscas,
para obligarlos a volver al riesgo
los vejan, los pellizcan, los empujan.

Otros, al paso, al fiero buey recortan
con garbo y gentileza, con que alguna
flor o cinta se ganan, como en premio
de su serenidad, arte y bravura.

También hay quien con gracia y gentileza,
manejando la capa a la andaluza,
y consiguiendo estrepitosos aplauso,
al feroz animal engaña y burla.

Pero tal vez algunos por el aire
vuelan a impulso de las corvas puntas,
o por tierra revuélcanse, las ropas
y las carnes también, rotas y sucias

JCM.
Centro de Interpretación del Torico.

cantiga 144

cantiga 144

Pintura monasterio Silos

Pintura monasterio Silos

silleria de coro catedral de Sevilla

silleria de coro catedral de Sevilla

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