En el marco de la última Semana Cultural, el pasado agosto, la Asociación Peña Taurina El Torico homenajeó, no solo a la clavaría que cumplía cincuenta años, la de 1972, sino a otras dos que no había podido distinguir los dos años anteriores, debido a la situación de epidemia: la del setenta y la del setenta y uno.  

En ese emotivo acto, en el Teatro Astoria, nos llamó la atención, entre otras cosas, los videos de los aniversarios y las anécdotas que se contaron en el teatro y fuera de él; también en la exposición de indumentaria festiva que se inauguró, el día siguiente, en el Centro de Interpretación del Torico (CIT) y que exhibía un traje de clavaria de 1971.

Así, entre otras anécdotas, se recordaba un dramático suceso del que hablamos en uno de nuestros artículos anteriores, cuando, en 1970, se tuvieron que suspender las carreras del torico del día diecisiete de ese año, debido a un gran incendio en nuestra sierra (el segundo más importante de la historia de Chiva hasta esa fecha); una quema devastadora que afectó a la umbría de Briguela, el Coto Torreto y llegó hasta Peñas Albas. Cómo se interrumpió el primer día de nuestra más esperada fiesta para acudir con urgencia a apagar el fuego, para salvar nuestro patrimonio más preciado de la quema.

Para compensar ese inconveniente, se decidió programar para ese año y extraordinariamente, un día de carreras especial que, curiosamente, a partir de ahí ha perdurado en la programación hasta la actualidad. Así, durante unos años solo se celebraron por la mañana, pero más adelante, se prolongaron a la tarde, como vemos y disfrutamos hoy en día. Se rompió ese año, pues, y por circunstancias trágicas la tradición ancestral de que el rito se desarrollará durante el simbólico número de TRES días (la trinidad, la totalidad), pasando a cuatro, una situación ¿“atípica”? que, quizá, tendríamos, ¿por qué no? de debatir o reflexionar.

Además, como vimos en la citada exposición de indumentaria festiva, organizada para esa misma Semana Cultural, en el CIT, en 1971 (el mismo año que se inauguró el monumento a nuestro festejo en la fuente de los veintiún caños), también se introdujo otra innovación, no sabemos si acertada (lanzamos el interrogante, a la vez), en la vestimenta de las clavarias. El traje para las carreras de éstas, lucía un peculiar sombrero o mejor gorro rojo (lo vimos en el atavío que nos cedió amablemente Pilar Navarro para la muestra), que copiaron clavarías posteriores. Hasta entonces ese elemento, el sombrero, estaba reservado a los mozos, únicamente.

Dos novedades, pues, que hicieron estos años más señalados, que han quedado adheridas al rito atávico de forma recurrente. Habrá quien piense que estas iniciativas pueden desvirtuar el rito y su sentido; otros no. Éstos últimos podrían argumentar, por ejemplo, que el festejo es algo vivo y cambiante. La reflexión y el razonable debate (como de otros aspectos y variaciones de la fiesta: recorrido, barrotes, recuperación de elementos o ceremoniales olvidados, etc.) es necesario y siempre lleva al progreso. El diálogo, sin aspavientos, siempre es bueno y de él nace el consenso, la unión, la venia; esa cordialidad, esa solidaridad que siempre ha caracterizado a nuestra fiesta y a nuestro pueblo.

JCM

Centro de Interpretación del Torico (CIT)

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